Selección de textos y actividades
Selección de textos y actividades


Letanías de lluvia. Alfaguara. Madrid. 1992Bajo cada uno de los tejados de Peñafonte, una aldea minera de la montaña asturiana, hay vidas de personajes sobre los que llueve. Sólo el amor es capaz de llenar los espacios y alargar la vida. Las escenas amorosas se van esparciendo por la narración con efectismo y asombrosa delicadeza.
UNO
Peñafonte calentaba sus alientos.
Densos remolinos de humo extraviaban las formas de los tejados.
Se extinguía el último riscar de luz sobre los maizales.
Hórreos, casas y establos se arropaban en el trino de los zorzales y en el perfume de la mejorana, bajo el amparo de la Peña del Cuervo, que se levan­taba al Norte, sobre el brotar de las fuentes, atala­yando, impávida, el monótono alentar de un pueblo fatigado.
Al Sur, a la izquierda del camino de entrada, los minúsculos duendes pateaban la escanda y es­pantaban con su alboroto los ya muy desperdigados residuos de luz.
Carbizos, hayas y castaños extendían sus raí­ces enmarañando cimientos y socavando la tierra, que en sus venas de carbón escondía el temblor de un pueblo adormecido.
—Al principio llegaron los buscadores de oro (con Cayo Antisteo el Viejo, Publio Firmio y Publio Carisco), abriéndose paso con sus machetes, entre la ma­leza selvática de los castañedos, y al socaire de la Peña Grande, que llamaron del Cuervo, sobre un asiento de helechos y peñascos, construyeron sus chozas de madera y abrieron caminos hacia el monte y canalizaron algunos manantiales y construyeron el cementerio para albergar a los primeros muertos (…)
—Más tarde llegaron las gentes de los valles, huyendo de las huestes musulmanas de Abd el-Karim, portando sobre sus hombros enormes baúles repletos de adminículos que llamaban reliquias. (…)
-Vinieron después, a estos montes de Peña­fonte, unos grupos de familias buscando cobre y azaba­che, que no encontraron, pero avecinaron aquí y lle­naron las vegas de maíz y mataron raposos y jabalíes (…)
—Llegó después la fiebre del carbón y se aguje­rearon los montes, se achicaron los bosques, los arroyos de Peñafonte se tornaron brunos y espesos, llegaron los periódicos y los curas y la silicosis y las lámparas de petróleo y los maestros y los nobles castellanos de piel seca y mirada sobrecogida, las letanías de Peñafonte se hicieron más largas (…)
—Y ahora dicen que llega, por el camino de El Valle, la luz eléctrica, y vamos a tener que empezar a quemar a los muertos.
—Y sobre todos, vivos y muertos, llovió siem­pre sin ninguna misericordia, que no encuentra el Cielo mejor forma de mostrarnos a los hombres su compasión que llorando sobre nosotros hasta reblandecernos los huesos y volvernos de esa manera mansos de corazón,
(…)
A Dulce Nombre, muy pronto comenzó a fascinarla la poesía que hablaba de inquietudes del alma. Leía un rato por las mañanas, antes de que llegase su amiga Maura, para los masajes con leche de Islandia, y también por las tardes, bajo el tilo, (…)
—Escucha, Maura. Escucha esto que voy a decirte. En esa hora incierta de la noche en que sien­tes cómo la soledad te va carcomiendo los huesos, en que presientes que todos los pájaros se han vuelto traidores, en que parece que todos los sueños huyen asustados, en esa hora, Maura, escucho las voces de todos los que estuvieron a mi lado durante la infan­cia. Y me asusto al comprobar cómo se funden y confunden con los sutiles gemidos de aquellos que aún no disfrutan de la existencia.
—Mira, Dulce, creo que andas leyendo de­masiadas tonterías (…)
TRES
(…)
—Buen regalo el del maestro.
—Contado es muy ocurrente y nos aprecia.
Rufo Fernández y Contado Varela, maestro de Peñafonte desde el año once (poco después del mitin de San Emiliano), comulgaban todos los domingos por la tarde con marxismo y un poco de vino viejo, en una esquina de la sala, en la casa de la Escuela (…)
Nadie escuchaba, ahogada entre la lluvia, la música del violín del sobrino del maestro, Juan Jacobo Varela Caparina, que dibujaba en el aire una melodía rusa. Nadie, salvo su prima Felicitas, que se abrasaba en su febril deseo, perdida en un mundo de imágenes inconfesables.
(…)
CUATRO
(…)
la tristeza se va posando en cada uno, a cada instante, de manera irregular y caprichosa, y lo que podría ser fatídico genocidio se queda en letanía eterna de lluvia
(…)
Por el Ateneo solían verse: El Noroeste (del reformista republicano Oliveros), El Socialista y algunos perió­dicos o panfletos de la zona, como La Voz de la Hulla o Los Mineros de la Hulla. Por aquellos días circulaban por el Ateneo, de mano en mano, algu­nos ejemplares atrasados de Solidaridad Obrera, traí­dos por el sobrino del maestro, Juan Jacobo Varela, quien además de ser anarquista tocaba en su violín las Sonatas de Geminiani como los propios ángeles. (…)
La última insinuación, aún reciente, había sido la del sobrino del maestro, Juan Jacobo Varela, especialista en asonadas y revueltas contra la Monarquía y el Directorio Militar, miembro activo de la joven y clandestina Federación Anarquista Ibérica, poeta de rima libre y virtuoso del violín. Juan Jacobo Varela, que gastaba mirar profundo y chaleco de vellorín, pasaba en el pueblo una temporada, escondido de la policía, tras las últimas revueltas universitarias. (…)
En la Escuela, Felicitas Varela se retorcía entre las sábanas trastornada de pasión, provocándose es­pasmos a base de imaginar en su cuerpo el fuego de aquel violín que acariciaba su primo en el piso de arriba. (…)
CINCO
(…)
La lluvia dejaba la peste del tedio, contami­nando el aire, calando los ánimos como un tumor in­curable, y los corazones se iban tornando tibios, inevitablemente apáticos. Aquella tarde lucía el sol por encima de Los Pontones y sin embargo aún se masticaba el sabor del tedio del día antes.
—Son como letanías de lluvia que se prolongan en un eco eterno.
(…)
—Lo que te quería decir, Contado, es que adviertas a tu sobrino Jacobo para que ande con mucho cuidado. La policía ha descubierto en La Villa una imprenta clandestina y han llegado nue­vas listas a los Comités de la Unión Patriótica y a las oficinas de los Somatenes. Yo pude leer una. Dice así el encabezamiento, con grandes letras ma­yúsculas: PERSONAS PROPENSAS A LA DIFA­MACIÓN, EL ALBOROTO POLÍTICO Y LA DESMORALIZACIÓN DEL ÁNIMO PÚBLICO.
—¿Y qué tiene eso que ver con mi sobrino?
—Pues que su nombre está en esa lista. Juan Jacobo Varela Caparina, alborotador y presun­to autor de atentados contra bienes públicos.
—¿Cómo es eso?
—Yo mismo leí su nombre.
El maestro Contado se veía a sí mismo como un ser positivista y sensato, los demás lo tenían por soñador y hasta algo iluso y él pensaba que en el pueblo era considerado como un hom­bre misterioso y esotérico (…)
Cada nombre de aquel pueblo de carbón y lluvia era como la cuenta gastada de una eterna letanía que el cielo bisbiseaba sin cesar, desde los carrascos de la Peña Grande hasta los álamos del cementerio. Nadie podía escaparse a aquella hu­medad de azufre que enmohecía el alma y que sólo de vez en cuando se veía intermitida por algún ra­yo de sol perezoso que lograba traspasar la marrida nubosidad del cielo y despertar así, por un mo­mento, la alegría en los cuerpos de gentes, anima­les y plantas (…)
Juan Jacobo Varela Caparina, por las noches, se subía al balcón de la azotea, se sentaba en una silla y desbarataba el discurrir uniforme de las horas a base de tocar el violín como los propios ángeles.
Juan Jacobo, militante travieso de la recien­te Federación Anarquista Ibérica, lo mismo tocaba los Caprichos, de Niccoló Paganini, que las Fanta­sías sobre la ópera de Carmen, de Pablo de Sarasate. Juan Jacobo, según su tío Contado, interpretaba muy bien, especialmente bien, las sonatas para vio­lín, de Geminiani.
Para las gentes de Peñafonte aquello era simplemente música de violín, la música del sobri­no del maestro. (Lo de las obras y los autores se pone aquí por si alguien quisiera hacerse una idea de cómo aquello sonaba.)
(…)
Todo esto ocurría en el poniente del pueblo, a donde llegaba más nítida la música del violín del sobrino del maestro.
Seguía lloviendo sobre los vivos y también sobre los muertos del camposanto que reventaban las tumbas e iban surgiendo, imperceptiblemente, en forma de ortigas silvestres.
Juan Jacobo terminaba los compases de La noch ajeno a la realidad de todo aquel auditorio.
En el piso de abajo de la Escuela, Contado y Remedios, abrían su corazón, conjuntamente, a vie­jos apetitos. Y muy cerca de ellos, en el cuarto pare­daño, la joven Felícitas deseaba, con ímpetu irreve­rente, convertirse en violín y sentir las caricias de su primo eternamente (estrellas que perduran en los cielos inmutables, por los siglos de los siglos, amén Felícitas).
—Se ha roto el cielo en mil pedazos y por sus cisuras cae el agua sin cesar a lo largo de toda la tierra y puede que también sobre la inmensa llanura del mar. (…)
Se habían extinguido las llamas de los lares. Ya las xanas se descolgaban por las chimeneas y ensayaban nuevos pasos de danzas primas sobre el calor de las cenizas.
Sobre Peñafonte (con letanías de lluvia) se iba tejiendo la maraña del sueño. (…)
OCHO
(…)
Felícitas Varela, además de bordar muy bien, sabía tocar la gaita de oído. Pero casi nunca lo hacía porque le daba mucha vergüenza.
Felícitas Varela, en el taller de su madre, pespunteaba imaginarios encuentros con su primo Juan Jacobo. Estaba decidida a provocar, cualquier noche, un encuentro fortuito. No podía soportar ya por más tiempo aquel fuego interior que la hacía retorcerse sobre el colchón ardiendo de ansiedad.
Juan Jacobo Varela Caparina, desde que su tío Contado le advirtiera que su nombre andaba escrito en las listas de los somatenes, tocaba el vio­lín con más genio y entusiasmo (que hay corazones que se arrufan con los peligros).
Juan Jacobo quedó algo postrado con el rechazo de la posadera, pero la creación del Ateneo Minero le hizo olvidar el fracaso y le dio ocasión de demostrar sus facultades para la oratoria y exponer sus ideas (…)
NUEVE
(…)
El día en que la Guardia Civil llegó a Peñafonte a detener a Juan Jacobo Varela Caparina no había en el cielo ni un solo fragmento de azul. Las nubes formaban una maraña grisácea que lo cubría todo y alumbraba la tarde una luz blanque­cina rebotada de las peñas.
Era un día indiferente del final del verano, tan indiferente como el gesto que perfiló Juan Jacobo cuando los guardias le ataron las muñecas.
La noche anterior, su prima Felícitas, en un irreverente arrebato de impaciencia, había asaltado su cuarto para instalar en él su delirio de fuego y acabar así con tantas horas de irresistible ansiedad. Felícitas entró en el cuarto de su primo sin llamar a la puerta, se desnudó por completo, en silencio, y se hundió entre las sábanas sudorientas con olor a ma­dreselva en busca de una tregua para tanta desazón.
Juan Jacobo sintió un escalofrío asesinando su cuer­po en la fértil oscuridad del cuarto. Un ardor de infierno les fue sacudiendo las voluntades y, en el borbollar frenético de la sangre, fueron desvane­ciéndose las formas y las memorias.
Los guardias civiles intentaron implicar tam­bién al maestro Contado, acusándolo de encubri­dor, pero Juan Jacobo aseguró que su tío no conocía sus actividades políticas y agregó, además, que era socialista, de los de Manuel Llaneza, lo cual pareció calmar a los guardias. El maestro Contado se mor­día la lengua de coraje. Su sobrino intentaba prote­gerlo y era de agradecer. Pero él era un enemigo acérrimo del marqués de Estella y de todos sus fun­damentos y, por supuesto, no aprobaba la actitud blanda y condescendiente de algunos dirigentes de la izquierda.
La Guardia Civil llevaba también la orden de cerrar el Ateneo Minero, y así lo hizo, aunque Rufo, su presidente, y el vocal Haroldo, en pocos días, conseguirían de nuevo ponerlo en marcha, eso sí, sin los ingeniosos y polémicos discursos del vio­linista sobre la necesidad de la guerra a las mentiras religiosas y a los prejuicios patrióticos o sobre la colectivización de las explotaciones mineras.
Felícitas Varela, con los ojos aborrachados de lágrimas, salió de la casa y le entregó a su primo el violín. Fue entonces cuando Juan Jacobo acomo­dó en el ángulo mortecino de la tarde una amplia y luminosa sonrisa que habrían de recordar todos los presentes para el resto de sus días.
El joven anarquista, al contemplar el rostro ojeroso y desencajado de su prima, comprendió que la explicación de muchos afectos está, sin duda, en esos escasos silencios que a veces nos brinda el tiem­po. En unas horas, aquel rostro de lindura elocuente había pasado de ser la más divina expresión de la vida a simbolizar el cruel desencanto de la anónima derrota, antesala de la muerte.
Juan Jacobo puso sus labios en los labios de Felícitas, ante el gesto de sorpresa de todos los pre­sentes, y le pidió que guardara el violín, pues en la cárcel había mala sonoridad y resonancias extrañas y, además, muy pronto volvería él mismo a buscarlo.
A Remedios y a Contado les pareció algo ex­cesiva la actitud apesadumbrada de la hija. Llegarían a entenderlo muchos años después, con Felicitas con­sumiendo sus horas encerrada en la azotea, tocando el violín entre tétricos quejidos de alimaña herida.
Felícitas Varela se enterró en su azotea para siempre. Cada una del resto de sus noches fue como una sepultura de fuego de cuyas cenizas surgiría la música del violín como un lamento desesperado de quien espera sin apreciar que se muere el tiempo. Allí permaneció más de medio siglo, hasta que la piel macilenta se le fue agarrotando y los dedos dejaron de obedecerlo, como había dejado de obe­decerlo, mucho antes, el sentido de lo real, hasta su muerte, cuando ya nadie en Peñafonte recordaba el suceso del violinista, cuando ya nadie percibía su presencia.
Los guardias civiles, con sus pesados fusiles al hombro, y Juan Jacobo, maniatado y en silencio, fueron bajando por el camino de El Valle, entre los carrascos floridos del cementerio y el tropel de minúsculos duendes alborotando el maíz.
Al llegar al último recodo, desde donde toda­vía podía contemplarse el pueblo, Juan Jacobo se detuvo y miró hacia atrás. Por encima del cemente­rio, en una especie de balcón natural, entre la Posada y la Ermita, Mauricia Costales le decía adiós con la mano, con una lágrima espesa aclarando surcos.
—Contigo, violinista, se van de Peñafonte los sueños de una sociedad donde la fuerza misma de las cosas y el propio discurrir inapelable del tiempo acaba­rían desgastando la idea del Estado y de cualquier otro tipo de autoridad y donde la esencia principal del orden nuevo fuera el hombre libre y consciente de sí mismo. Contigo se va, violinista, la melodía utópica de la vida.
Nadie en Peñafonte pudo entender a Juan Jacobo. Tal vez Efrén Alonso, cuando, pasada la Guerra Civil, cayera en manos de sus propias con­vicciones.
Con Juan Jacobo se iban las mágicas noches de violín que sólo, años más tarde, volvería a sonar desde la azotea de la Escuela, pero tañido por las manos temblorosas de un ser intemporal (la hija del maestro), como un fúnebre lamento, como una última y desesperada queja a la historia del desa­liento (que hay locuras que surgen por puro descuido del tiempo que se detiene un instante a darle tregua al amor).
Nunca más se supo de Juan Jacobo Varela Caparina, apodado Mariposa en la Facultad de Le­tras por su afán de vuelo.
Su tío Conrado y Rufo Fernández intenta­ron saber de él, pero ni siquiera consiguieron locali­zar a los guardias que lo habían detenido.
Años después, al comienzo de la Guerra, un alférez republicano le aseguró a Conrado que Jacobo se había escapado de la cárcel y andaba de te­niente por la zona catalana. (…)
DOCE
(…)
Llovía con arrogancia y tenacidad sobre Peñafonte. Se incrustaba la lluvia como un carcino­ma en los espíritus ennegrecidos que se retorcían en el tedio sufriendo los rigores de la indiferencia. Hasta la cruda lucha diaria por la supervivencia se hacía monótona. Peñafonte era un rosario, un rosa­rio insoportable con letanías de lluvia. No existía ni siquiera el refrigerio de la duda. La esperanza se iba consumiendo como la cera de los cirios, dejando en los corazones apenas un leve cosquilleo para provo­car un ligero cambio de postura en los cuerpos, ahumados frente al hogar mortecino.
—Dicen que en los tiempos primitivos eran los muertos quienes hacían llover, los muertos que se incrustaban en el agua de las nubes.
—Quizá por eso el olor de la lluvia es un olor mortecino, a hierbas de cementerio, a húmedo polvo de estrellas, a raíces milenarias y morados crisantemos.
—Sin duda es cosa de los demonios o de los manes el arrojar el agua en tempestades y arrancar del cielo los relámpagos.
—Acaso las xanas sean manes y por eso cae el agua a chorros cuando se peinan. (…)
—Soy una voz errante bajo el húmedo espacio que constituyen las letanías de lluvia. Cada vida y cada historia forman parte del concierto de los vientos. Soy la mano que toca el violín de lo irreparable sin poderlo remediar. (ESTO ES EL FINAL)

Actividades de Letanías de lluvia

1. Después de leer estos fragmentos, ¿por qué crees que el autor ha escogido este título?
2. Personajes: nombra los más destacados y las relaciones existentes entre ellos.
3. ¿Por qué detienen a Juan Jacobo? ¿Qué referencias se hace en la obra a sus actividades políticas?
4. ¿Qué tienen en común esta obra con El palacio azul de los ingenieros belgas?