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FULGENCIO ARGÜELLES: El palacio azul de los ingenieros belgas. Acantilado. Barcelona. 2003. Premio de Novela Café Gijón 2003.

EL PALACIO AZUL DE LOS INGENIEROS BELGASo el otoño de la casa de los sauceso anagogía (1) de un aprendiz de sabio que descubrió el atávico (2) principioenunciado por la aforística (3) popular de que una cosa son dos cosas
o las vivencias de un ayudante de jardinero que contempló desde la balaustrada de los asombros el peregrinaje del mundo y comprobó la epanástrofe (4) de los momentos o su agraciada multiplicación
o fragmento de la vida del joven Nalo, hijo de un minero muerto en unaexplosión de grisú y de la desabrida Natalia, que usaba las palabras como herramienta de ataque y un día se comió la tierra de los geranios, yhermano de la bella Lucía, cuya extravagancia no era manifestación delocura sino metáfora evidente de neurastenia (5) poética, y nieto de losrefranes de Angustias y de los silencios de Cosme, quien soñó con la revolución de los manantiales y creyó en la invisibilidad de la casa delos sauces
o los tiempos de un novicio imposibilitado para el rencor cuyo maestromás acreditado, de nombre Eneka, llegó a casarse con dos de las nuevemusas
o repaso a las circunstancias amorosas de quien bautizándose de placer en los humores migratorios de un sexo fraterno consiguió penetrar con laureles en la antítesis circunstancial de la diosa Elena para acabar esparciendo mimosas en los jadeos huracanados de la señorita Julia
o apuntes sobre las preocupaciones dispares de ricos y pobres y losdiferentes matices de sus categorías emocionales
o las radiografías incompletas y borrosas de una revolución que confundió el curso de la Historia



(1) anagogía: Elevación y enajenamiento del alma en la contemplación de las cosas divinas.
(2) atávico: Reaparición en los seres vivos de caracteres propios de sus ascendientes más o menos remotos.
(3) aforismo: Sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte.
(4) epanástrofe: concatenación.
(5) neurastenia: trastorno afectivo


CAPÍTULO UNO
Mi padre tomaba grandes tazones de café negro y llevaba siempre camisetas sucias que olían a alquitrán y a mi ma­dre le decía lisonjas cuando quería algo, ternezas como prenda o encanto o princesa, pero voceaba furioso insul­tándola, llamándola perra asquerosa y cosas peores cuan­do ella se retardaba, y lo hacía con una voz ofensiva y metálica, agitando sus brazos inmensos, pero mi madre nunca le contestaba, jamás le decía una palabra de réplica, ni siquiera perdía su expresión de gratitud perenne. (…) Trabajaba como entibador en las minas de carbón y era grande, muy grande, y tenía la voz bronca y rotunda, y le chorreaba el sudor por las sienes y por los costados de la nariz y siempre estaba sediento. La tarde de su muerte la conservo aún nítida en la memoria. No vi su cadáver. Tardaría varios años en ver un cadáver. El ataúd estuvo destapado en la sala toda la noche y había un calor que iba y venía. Mi hermana me dijo que le habían puesto un traje del abuelo, (…). Mí madre se tiraba de los pelos y pateaba las tablas de la sala como poseída por algún diablo. Gritaba una y otra vez el nom­bre de mi padre, que se llamaba Jacinto, (…). Pronto la casa se llenó de gente que iba y venía santiguán­dose y tropezando conmigo. Mi madre, cuando ya su cara no admitía más encogimientos, salió al corredor y apretan­do los puños miraba hacia el camino del puente y repetía, asesinos, hijos de puta, bestias de mala sangre, y cosas in­cluso peores. Se refería a los dueños de las minas y de las fábricas, a los ingenieros belgas que vivían en el palacio azul, (…)todo lo que existía tenía que ver con ellos, el carbón, el hierro, la madera, las barriadas, los trenes, los caminos, el río, las escuelas, la iglesia, el hospicio, los jar­dines y hasta la casa donde vivíamos, que también un día les había pertenecido, un regalo del señor Hendrik al abue­lo en la época en que había trabajado como capataz de los belgas, de eso hacía ya muchos años, (…). Pero en realidad a mi padre no lo mata­ron los belgas, aunque indirectamente algo tuvieran que ver, pues la mina Chuela era de su propiedad, (…). Mi abuelo sí que creía en el destino, y decía que los hombres buenos sujetaban mal su destino, y sé lo que que­ría decir, (…). En los años difíciles de las represiones pude comprobar que las buenas personas no soportaban los barrotes ni las cadenas y a veces se golpeaban la cabeza contra la pared hasta que les brotaba la sangre. Sin embargo, conocí inde­seables que se reían del destino de aquellos pobres insatis­fechos y del suyo propio. Yo nunca me reía, pero tampoco me golpeaba la cabeza contra los muros, supongo que debido a que, en mi caso, el destino determinó que yo no fuera capaz de sentir rencor contra nada ni contra nadie. (…). Como decía, a mí padre lo mató el destino, que fue quien provocó la chispa que hizo explotar el grisú. Con mi padre cayeron otros cuatro. Mi madre gritó tanto aquella tarde que se quedó sin voz y entonces comenzó a tener espasmos y a echar espumarajos por la bo­ca, como si la saliva se le hubiera convertido en agua de jabón. Varios hombres la sujetaron sobre el asiento del abuelo y perdió el conocimiento. Mi abuela Angustias la sacudió contra el respaldo de la silla igual que sacudía las ramas del nogal de la huerta en el tiempo de las nueces, pero a mi madre no le caían nueces, sino lágrimas, unas lá­grimas que recuerdo enormes, como las gotas de lluvia en los cristales de la sala por diciembre, y que le brotaban de unos ojos quietos y completamente blancos, sin pupilas. (…) Mi madre no reaccionaba y entonces el señor Patricio le puso un trozo de espejo frente a la boca por ver si lo em­pañaba, mientras nos explicaba, con la solemnidad con la que él hablaba siempre, que los muertos es posible que puedan llorar, pero lo que pierden definitivamente des­de el primer instante es el aliento. (…) Para mí fue corno si de pronto todo hubiera perdido el rumbo, como si el zarpazo de la muerte hubiera detenido el universo y luego lo hubiera puesto a rodar al revés. Mi hermana Lucía, que recorría la casa como un gorrión aturdido, llenó una escudilla con agua del caldero y se la arrojó a mi madre, quien al instan­te reaccionó, pero lo hizo con un ataque de tos que albo­rotó a las golondrinas que había sobre el tendal del patio y mi abuela se santiguó tres veces y habló de malos presa­gios y mi abuelo se dio varios cabezazos contra los azulejos blancos como si quisiera escribir en ellos sus pensa­mientos. Cuando mi madre dejó de toser se sujetó los pe­chos y nos dijo a todos que era como si le estuvieran arran­cando el corazón con las tenazas de doblar los alambres. (…) La abuela le dio a beber un brebaje y el cuerpo se le sacudió con una violencia que hi­zo retroceder a todos, menos a mí, que salí del aire quieto de la despensa para acercarme a ella. Al verme, me tocó y le entró una risa tonta (…) Me acarició y sentí que no me tocaba ella sino el espíritu de mi padre y esa sensación o ese sentimiento permaneció en mí durante años y me hi­zo despertar muchas noches sobresaltado y confundido. Ella me dijo que a mi padre ya no lo veríamos más, que ya nunca más lo oiríamos blasfemar junto al abrevadero por­que le faltara el jabón o no encontrara la toalla, que ya jamás veríamos en sus ojos aquella expresión de animal herido, como aquella vez que regresó del monte con los arañazos de un rayo que había acabado con dos de sus mulas, y en­tonces pensé que tampoco sentiría más el olor a alquitrán de sus sucias camisetas de tirantes. Mi madre volvió a gri­tar, Jacinto, Jacinto, y varios vómitos la sacudieron. El se­ñor Patricio, que era practicante, la cogió desprevenida y le puso una inyección en la nalga cuando ella estaba aga­chada devolviendo sobre el barcal. Pasó la noche en una silla, junto al cadáver de mi padre, con los ojos cerrados, pero sin dejar de susurrar su nombre. El abuelo se sentó en la silla labrada de la cocina, en la que consumía la ma­yor parte de las horas de los días que pasaba en casa, y co­menzó a mecerse lentamente, y el ruido monótono y cons­tante del respaldo de la silla golpeando contra la masera me pareció a mí el tictac del reloj de la muerte (…).Me quedé dormido a sus pies cuando ya estaba amane­ciendo y mi hermana me arrastró hasta la cama. Cuando desperté, los ojos de mi hermana Lucía (..) eran (…) rojos, muy rojos, como si se los hubiera estado restregando con el estropajo de limpiar la chapa de la co­cina. (…). A mi madre no la dejaron acudir al día siguiente al cementerio. Yo tampoco fui por­que, como dije, era muy pequeño, aunque me pusieron unos pantalones nuevos, negros y largos, y una corbata también negra sujeta al cuello con una goma que me apre­taba y me daba mucho calor. Debía de ser el mes de junio o de julio porque hacía mucho calor y no paraban de zum­bar las moscas (…), y porque hacía poco que yo había recibido la primera co­munión de manos del cura don Belio, y también sé que ha­cía calor y era verano porque la gente del pueblo dejó por un momento la hierba tendida en los prados para asistir al entierro de mi padre y de los otros cuatro, pero lo que más calor me produjo aquel día fue ver a mi madre arrodillada en el corredor comiéndose la tierra de los geranios. Escarbaba como si estuviera buscando lombrices y luego se lle­vaba los puñados de tierra a la boca y se relamía como cuando comía los frisuelos con mermelada de moras que hacía la abuela. Mi hermana Lucía sí que asistió al entie­rro. Iba detrás de los que llevaban las cajas al hombro, to­da vestida de negro, en medio de la abuela y del abuelo, y con un pañuelo blanco con puntillas que debía de ser pa­ra secarse las lágrimas. Los vi alejarse desde el corredor mientras mi madre, con los ojos extraviados en el fondo de unas ojeras enormes, saboreaba la tierra de los geranios. Creo que fue aquella tarde cuando Lucía empezó a fijarse en Julián, que era hijo de otro de los mineros muertos. A ella ya le habían crecido los pechos cuando se murió mi padre. Lo sé porque al regresar del cementerio la vi qui­tándose el vestido negro delante de la luna de su cuarto. Tenía los huesos pronunciados y una cabellera negra y lar­ga. Se desnudó por completo, se sentó exhausta sobre la cama y fijó la mirada en las manchas de humedad del cielo raso. Clavé los ojos enaquellos pechos pequeños e inso­lentemente blancos y ella me dijo que muy pronto crece­rían más, mucho más, pero que no sería en aquel pueblo de mierda, y le entró una risa nerviosa y tonta que terminó en desazón, suspiros irreprimibles y un llanto sordo que ardió hasta quemarme en aquella hora del atardecer del entierro de mi padre que de pronto se quedó desierta.
Mí hermana Lucía era muy sentimental. Le gustaba so­bremanera leer poesías a la hora de la siesta, pero cada vez que mi madre la sorprendía leyendo aquellos libros la po­nía a bordar las sábanas para su ajuar o a sacar brillo a las piezas que quedaban de la cubertería de alpaca, y ella se sublevaba y le decía a mi madre que si padre viviera podría leer a gusto todas las poesías que le diera la gana. No sabía a cuento de qué decía aquello porque mi padre no sabía leer y sólo escribía su nombre y dudo que mostrase algún interés por la poesía, aunque, bien pensado, puede que su ig­norancia le hiciese desear para su hija lo que él nunca ha­bía podido alcanzar. Lucía tenía una forma de hablar ex­traña, consecuencia de su afición a la poesía. En lugar de dolor decía flagelación, para referirse a sus caderas, cada día más grandes, hablaba de perfiles, al silencio lo llamaba quietud, a la hierba césped, a los barcos navíos, a las plan­tas vegetales, a la tristeza melancolía, a los pozos abismos, a los matorrales selvas diminutas y a las raíces de los cas­taños uñas profundas. Una vez se ganó una bofetada de mi madre por decir, hablando de mi padre, que la tierra pe­renne acogía su terrenal quejido. (…) Julián (su marido) trabajaba duro, muy duro, bajando la madera del monte con las mu­las, y se emborrachaba con demasiada frecuencia y el al­cohol se fue poco a poco apoderando de su cerebro, y en­tonces le gritaba a mi hermana y blasfemaba contra Dios y los santos y la Virgen y contra la poesía. A ella se le enco­gía el cuerpo y también el espíritu y se acurrucaba bajo el escaño de la cocina y se mordía las uñas o se tapaba con fuerza los oídos. Nunca pude soportar que pegaran a una mujer y fue por este recuerdo de mi hermana maltratada y herida debajo del escaño de la cocina. Mi madre jamás la defendía porque decía que los hombres tenían derechos incuestionables y que qué más quisiera ella que tener a su Jacinto vivo a su lado aunque fuera para que la abofeteara de vez en cuando, además, tu Julián es un santo que te lle­va al cinematógrafo (el cine Pombo) y te da caprichos, eso decía mi madre. (…) Lo cierto es que mi hermana se fue quedando sorda, y es probable que esto ocurriera a consecuencia de las bofetadas de su marido, aunque mí madre siempre decía que aquella sordera se la había producido ella mis­ma de tanto apretarse los oídos debajo del escaño, y yo pensaba que aquello mi madre lo decía por decirlo, porque a ella le gustaba usar las palabras como si fueran una herramienta de ataque, y a veces disparaba una palabra tras otra como si en la boca tuviera un fusil. Por ejemplo, si mi hermana Lucía un domingo por la tarde se ponía elegante y guapa y se pintaba los labios de rojo para irse con sus amigas a pasear arriba y abajo por el camino del río, mi madre no le decía, qué hermosa eres o qué guapa vas, or­gullosa de su hija, sino que se ponía a disparar palabras (…) y le decía que qué in­decencia, que qué poca vergüenza salir así a pasear por el pueblo, vestida como una cualquiera, como una actriz de teatro. (…) Un día, a finales del mes de agosto del año veintisiete, lo recuerdo bien porque fue una semana antes de que yo entrara a tra­bajar en el palacio azul de los ingenieros belgas, (mi hermana) me dijo que era muy desgraciada y que cualquier día se iba a cor­tar las venas, mira Nalo que te lo digo en serio, pero yo no le di mayor importancia pensando que aquélla era una for­ma poética que tenía ella de mostrar su disgusto y su insa­tisfacción por las borracheras y las brutalidades de Julián, un reproche más contra su vida mediocre, y además me lo dijo un lunes, y los lunes eran para ella los peores días de la semana, porque aún le dolía en el cuerpo la paliza del domingo y, además, el primer sábado del mes siguiente le quedaba aún tan lejos como una eternidad. Mi hermana Lucía se cortó las venas esa misma tarde, pero lo hizo de­lante de mi madre, como para echárselo en cara, con lo cual no tuvo tiempo de desangrarse y lo que sí consiguió fue varios golpes en las piernas con el gancho de la cocina. Mi madre cuando vio correr la sangre no se alteró, se limitó a sacar del arcón unos paños limpios, la cogió por los pelos, le metió la cabeza entre sus piernas y le ató con fuerza las dos muñecas, pero una vez solucionado el problema de la sangre la empujó contra el aparador y comenzó a atizarle en las piernas con el gancho que siempre teníamos colga­do de la barra de latón para poner y quitar las chapas de la cocina. (…) Julián, al volver borracho de la cantina de la estación, se cayó por el barranco de Pe­ñamera, justo el día más frío de aquel mes de enero. Aque­lla noche mi hermana no estaba en su casa. Lo supe por­que después de cenar fui a llevarle un libro de poemas de los que de vez en cuando robaba para ella en la biblioteca del palacio azul (…). Cuando desperté eran más de las dos y mi hermana me miraba desde su silla de mim­bre. Tenía los ojos grandes y brillantes como los de las ga­tas en celo y me dijo que gracias por los poemas y que si quería un poco de pan de maíz, y me lo dijo muy tranqui­la y muy natural, como si en los caminos no hiciera una no­che de perros, me lo dijo como si fuera mediodía y un sol radiante entrara por las ventanas, (…) ella me ofre­ció una copita de marrasquino, (…). Al día siguiente, la señorita Elvira me dio en el jardín del palacio la noticia de la muerte de Julián. (…) A Julián hubo que construirle una ca­ja especial por lo grande que era. Cuando vi a Lucía detrás de aquel féretro descomunal me acordé del entierro de mi padre. Ella llevaba un vestido negro, muy negro, y un pa­ñuelo blanco para las lágrimas, igual que cuando mi padre, pero esta vez no hubo ninguna lágrima. Cuando el ente­rrador cubrió la fosa con la última palada de tierra, mi her­mana dio a todos las gracias en voz alta por la asistencia y me cogió a mí de la mano y me llevó aparte de todos y me dijo que el libro de poemas que le había llevado la otra no­che era extraordinario, un verdadero prodigio, (…), y me decía todo esto con anhelo, con necesidad en los ojos, como quien tie­ne hambre y está describiendo un manjar, y entonces ocu­rrió allí en el cementerio, cerca de las tumbas, lo que ya otras veces me había ocurrido junto a ella, que un mo­mento no era sólo eso, un momento, un instante en el que ocurre algo concreto, sino muchos momentos a la vez que se confunden y se complican y que te roban toda cer­teza, hasta la certeza misma de que tú existes en medio de todos esos momentos. La escuchaba allí, en aquel espacio de muerte y en aquel momento también de muerte, y su hambre de poesía, su necesidad de que la vida fuera un poema, era tan aguda como el deseo que yo había sentido por ella dos años atrás cuando me mostró las aberturas de su cuerpo desnudo en el cuarto de la paja, (…) y le dije, hermana, cálmate, que estamos en medio de las tumbas, que la gente te espera para ofre­certe los pésames, y entonces quedó paralizada y me acerqué a tocarla en la cintura y noté en los dedos su sangre cálida a través de la gasa negra, una sangre apurada y ca­liente tirando de ella hacia otro espacio y hacia otro tiem­po que no fueran de muerte, y me dijo que de acuerdo, que iría a recibir los pésames, pero que le prometiera que siempre iba a traerle libros tan maravillosos como el de la otra noche, y le dije que sí, que claro, que en el palacio azul de los ingenieros había una muchedumbre de libros como aquél que nadie echaría de menos, y me dijo que me amaba, que me amaba tanto como amaba a su nueva vida y me besó en la boca. Aquella tarde mi hermana me pare­ció muy hermosa, tenía esa plenitud que a veces tiene el cielo de septiembre y tenía también además la pasión del mar brotándole por la piel y todo su cuerpo resonaba co­mo el puente metálico de la fábrica cuando pasaba sobre él la hilera interminable de los vagones del carbón. Cuando llegamos a casa, mi madre la miró con desaprobación y descaro y le dijo que qué diría la gente, que no había de­rramado por su marido ni una sola lágrima, que no había manifestado la menor muestra de dolor, pero Lucía sonrió y le dijo que desde luego ella no iba a tirarse de los pelos como una posesa ni iba a comerse la tierra de los geranios, lo cual entendió mi madre como un reproche, porque cla­ramente lo era, y entonces las dos gritaron y se insultaron igual que dos mujeres enemigas, (…)
CAPÍTULO DOS
El primer día de mí trabajo para los ingenieros belgas lle­gué al palacio azul con la impresión de que por las venas me corría un líquido frío y espeso, y lo sentía ir y venir he­lándome el cuerpo. El sol lucía por primera vez después de varias semanas de lluvias intensas (…). Por dentro sentía frío y por fuera sen­tía calor, como si mi cuerpo fuera dos cosas al mismo tiem­po. Comenzaba el mes de septiembre del año veintisiete. En uno de los periódicos del abuelo se anunciaba la ejecu­ción en Boston de los anarquistas Nícola Sacco y Bartolo­mé Vanzetti. La abuela dijo, quien mal hiciere, bien no es­pere, que Dios los perdone, y el abuelo rompió el silencio para decirle a la abuela, guarda la ignorancia para tus re­zos, éste es un asunto sucio de mala conciencia capitalista, y le pregunté si conocía a aquellos hombres y me dijo que no, que no los conocía, pero que le hubiera gustado cono­cerlos,(…). Aquel día en que yo me dirigía a iniciar mi primer trabajo como ayudante de jardi­nero, me dijo, procura estar siempre del lado de los ino­centes, aunque te cueste la vida. (…)
le pregunté (a mi madre) que por qué iba yo a trabajar con los ingenieros belgas si a ella le parecían tan indeseables, y me dijo que porque eran los únicos que daban trabajo de jardinero debido a que no había más jardín que el de ellos en toda la cuenca, (…) le pregunté que cuán­to me iban a pagar los ingenieros belgas, y me contestó que quince pesetas al mes y la comida del mediodía, y le repliqué que era poco, que mí primo Alipio en la mina ga­naba veinticinco, pero ella me explicó que eso era normal porque en la mina no sólo se pagaba el trabajo sino la vida, escúchalo bien, la vida, o no recuerdas lo que le pasó a tu padre, y tu primo Alipio con diecisiete años ya anda to­siendo carbón, (…)
CAPÍTULO TRES
(…) Ya la luz se estaba desmayando cuando cruzamos el cordal. (…) El pequeño grupo de casas y cua­dras estaba apartado, escondido en una grieta de la sierra rocosa. El pueblo se llamaba Carcabal y Eneka me explicó que el nombre procedía de la palabra cárcuba, que por allí significaba zanja y también significaba límite, y aquel lu­gar estaba tan escondido que más que una aldea parecía un secreto, (…). La casa era de piedra y de una so­la planta y por la chimenea salía una ringlera de ruedas de humo. Aida miró con sorpresa hacia la puerta (…). Ella preguntó a su pa­dre, quién es éste, y lo hizo en un tono recriminatorio, ofendida por aquella visita imprevista. Eneka dijo, pasan­do su brazo por encima de mi hombro, éste es mi amigo Nalo, y me indicó que tomara asiento junto al fuego, y yo sentía mucho calor, pero no era el calor de aquel fuego que ardía a mi lado, era otro calor diferente, el calor de la ver­güenza por las miradas de Aida, quien se volvió brusca­mente hacia la despensa en busca de unos platos para ser­vir la cena, y dije, no quiero molestar, y ella se volvió de nuevo para mirarme y decirme, puede que sí molestes, y no me pareció una mujer como las otras mujeres que co­nocía, (…). Mi amigo, el jardinero Eneka, ha­blaba sin cesar, aunque ni su hija ni yo parecíamos escu­charlo, hasta que empezó a relatar el asunto de las voces, entonces sí que prestamos atención. Decía él que aquel pueblo estaba lleno de ecos, de voces de la tierra que an­daban escondidas por los huecos de las rocas, que, si salías por las noches a caminar entre las casas y las cuadras, te­nías la impresión de que un coro de voces te iba siguiendo los pasos, y que eran voces muy viejas y cansadas, voces que parecían crujidos del viento o gritos de la tierra, y también contaba Eneka que eran tantos los ruidos que se oían algunas noches que talmente parecía que una muche­dumbre de almas anduviera penando por los caminos de Carcabal, y pensé que a mi hermana le hubiera gustado es­cuchar cómo se expresaba Eneka aquella noche, porque a mí me parecía la suya una forma de hablar tan precisa y tan emotiva como la que utilizaba Lucía. (…) las oigo desde la muer­te de Clío, ella había nacido aquí, en Carcabal, y cuando los médicos determinaron su enfermedad quiso venir (…)
nos habló de cuando los hombres de Carcabal cazaban los ja­balíes con las manos, tumbándolos y hundiéndoles una es­taca en el corazón, y del miedo que Clío tenía a esos ani­males, y también nos habló del tiempo de la plaga de langostas, no la de Egipto, (…), sino de la que había asolado Carcabal, cuando el cielo se nubló de pronto y el campo de escanda y la plantación de maíz y hasta las matas de or­tigas desaparecieron del paisaje y la claridad del día se quedó hecha una piltrafa, y del relato de aquella peste pa­só a la narración de otra peste aún mayor, la peste del sui­cidio, cuando cinco hombres, tres mujeres y un niño, en el tiempo que va desde la Virgen de los Dolores hasta la fies­ta de San Cosme y San Damián, doce días contados, se fueron quitando la vida uno tras otro, bajo el calor infer­nal de un viento del sur desconocido, siempre al atardecer, (…)
En el puente me encontré con mi hermana. Me abrazó llorando y me dijo, madre se muere, Nalo. (…) escúchame, madre se está muriendo sin haber conocido más que trabajo y amargura, sin saber nada de la felicidad, y sabes por qué, porque nunca creyó que tuviera derecho a ella, y ese argumento nos lo quiso imponer a los demás, (…)
Mi madre murió en el mes de mayo, lo recuerdo bien porque terminaba la siembra del maíz y los tordos llena­ban los nidos de huevos, y también recuerdo que fue en mayo porque un día de aquel mes mi primo Alipio y el ru­so Basilio me llevaron a escuchar un discurso de Manuel Llaneza, (…)
CAPÍTULO CUATRO
(…) Luego llegó el invierno, lo hizo durante la noche y en forma de nieve, y con él los rumores de que la dictadura (de Primo de Rivera) se estaba tambaleando. Fue un día de ese invierno cuando se acercó el mayordomo Félix hasta la caseta de jardinería para decirme, ven conmigo, y le seguí y me llevó hasta el comedor principal del palacio. (…) fíjate bien en esa mesa, en ella va a ocurrir dentro de unos días un acontecimiento importante en la historia de esta casa y también en la nuestra, vendrán ilustres per­sonalidades a comer en esa mesa (…)
El mayordomo Félix le pidió a Julia que se sentara a la mesa para que yo practicara con ella co­mo comensal los diferentes movimientos del servicio, y luego él se fue a atender otros asuntos, y nos dejó solos (…) desde arriba vi las curvas de unos pechos prominentes y una línea de luz amarillen­ta entró por la ventana y atravesó la mesa y ascendió entre aquellos pechos que parecían flotar solos en el aire, como sombras movedizas o señales luminosas que me avisaban de la llegada de alguna nueva e insólita circunstancia, (…). Ella dijo, mira qué rayo me está atravesando, y se levantó y me quitó la botella y la puso sobre la mesa y luego levan­tó la mano hasta alcanzarme el pelo y empezó a recorrér­melo con los dedos, (…), y me dijo que yo era un alumno excepcional (…) y que también ella quería ser mi maestra, y le pregunté, maestra de qué, y dejó asomar la punta de su lengua y luego la pasó despacio de un lado a otro de su labio superior y mientras eso hacía con su len­gua dejó de amasarme el pelo y colocó sus manos debajo de aquellos pechos, (…), y emitió un sonido, que era como un lloriqueo ocomo un gemido parecido a los de las gatas de mi abuelo cuando estaban en celo, (…), y me dijo, puedo enseñarte al­gunas cosas, camarero de mis avaricias, (…)
y di la vuelta y salí en dirección a la escalera principal, ascendí y tomé el pasillo que daba a la galería occidental, me detu­ve ante la puerta del último de los cuartos, giré la manilla y entré sin llamar, porque yo aún era un ayudante de jardi­nero y en los jardines no había puertas en las que se de­biera llamar (…), y así, sin llamar, entré en aquel cuarto en cuya decoración predominaban hasta la exageración los colores de tonos rosas, (…) de pie frente al espejo de la cómoda, desnuda de cin­tura hacia arriba y acariciándose unos pechos menudos, pero firmes, estaba la señorita Elena, (…), una de las hijas del señor Jacob (…). Ella había sentido el ruido de la puerta, pero no había vuelto la ca­beza, sólo había quitado las manos de sus pechos para de­jarlas colgando y había dicho, mamá, no sé cuál combina­ción ponerme, porque pensaba ella que quien había entrado en su cuarto había sido su madre. (…)
Serví a la condesa de Míeres, (…), y también serví a un anciano de barba blanca de nombre Aniceto, (…)
la señorita Elena (…) me dijo desde el penúltimo de los escalones, no diré nada a mis padres so­bre el asunto de esta mañana, (…) Ella descendió hasta el último de los escalones y alargó el brazo y (…) me empezó a acariciar el pelo y a pre­guntarme sí me gustaba, no el hecho mismo de la caricia sino toda ella entera, te gusto, ésa fue la pregunta, (…), y dije, sí señorita, y volvió a pre­guntar, cuánto te gusto, y respondí, mucho, señorita Ele­na, me gusta usted mucho, (…). El íngeniero Hendrik, (…), entró en la sala procedente de su despacho, dio dos veces las palmas para exigir silencio, se colocó delante de los músicos para ser visto por todos y con una voz tensa y metálica, (…), anunció, acabamos de conferenciar por telefonía con un miembro del Gobierno, quien nos ha informado de que el general Primo de Rivera, (…), acaba de presentar la renuncia ante el rey don Alfonso (…). Hubo un silencio, grave y espeso, (…). Fue entonces, (…), cuando la señora Geertghe, con la voz perturbada por el alcohol, (…), alzando su copa (…), se levantó tambale­ante de su asiento y, acrecentando hasta lo inhumano el dolor de su soledad, emitió un grito lacerante que me eri­zó la piel, a la mierda los dictadores, dijo, sean prelados, gobernantes o maridos, sean marqueses o miserables, a la mierda todos ellos, brindo por su destrucción. (…)
te voy a decir algo, Nalo, algo que nadie sabe ni sabrá nunca, yo maté a Julián (…), ahora se cumplen dos años de aquello porque fue en el mes de enero, él me golpeaba muy fuerte, Nalo, lo hacía con las cinchas de las caballerías o con las varas de sacudir los colchones, y tam­bién con las manos, con aquellas manos grandes como palas de cocer el pan y esto era lo que más daño me hacía porque me golpeaba aquí, en los oídos, y me hacía sangre, así que aquella noche lo decidí, primero intenté cortarme otra vez las venas, pero con la navaja en la mano me miré al espejo, y, puedes creerme, me salvaron mis ojos, sí, estos ojos, intenté mirarme por dentro a través de ellos, me dije, a ver qué hay ahí detrás, y allí estaba esa fuerza, el coraje, una llama que permanece siempre, (…), y decidí salvarme a mí misma por­que lo tenía todo perdido, la dignidad y la vida, así que me abrigué y cogí el candil, hacía mucho frío aquella noche, yo sabía que él pasaría junto al barranco de Peñamera cuando saliera de la cantina de la estación y que vendría borracho, siempre volvía borracho, pero ya no me pegaría más, nunca más,
CAPÍTULO CINCO
(…) sentado en el poyo de la casa rosa de mi hermana, esperando a que ella me entregara un queso y unos dulces para llevarle a mi abuelo, presencié la llegada de la República. Ella llegó adornada de cánticos, banderas y alborozos, y se reía (…) descubriéndose uno de los pechos, (…), y aquel pecho apretado se mostraba ante mis ojos debilita­dos y abiertos como el pecho blanco de las mimosas de la señorita Julia, como el pecho disimulado de los secretos de Aida, como el pecho divino de las mieles olímpicas de Elena, como el pecho tórrido de los incestos de mi herma­na Lucía (…) Parecía que el mundo empezara de nuevo (…)
Él (mi abuelo Cosme) recordaba con especial nostalgia los baños lentos al atardecer, al volver con doce años del lavadero de la mina Clavelina, en el abrevadero del patio. Su madre, una mu­jer flaca e infatigable que nunca se sentaba, ni siquiera pa­ra coser, ponía piedras calientes en las aguas gélidas del manantial para que a su hijo no se le cortara el respirar y le enjabonaba el cuello y las orejas y le frotaba los brazos y la espalda (…).De lavar carbón, el abuelo pasó a trabajar en la mina de ci­nabrio como ayudante en la cámara de destilación, rodea­do de frascos de azogue, pero tuvo un enfrentamiento con un obrero veterano que le hacía la vida imposible y deci­dió abandonar el mercurio para participar como peón de un herrero en la construcción del ferrocarril del carbón. Antes de cumplir los dieciocho años ya trabajaba en los ta­lleres de calderería de la Fábrica de Hierro, donde pronto destacó como oficial de fragua y, cumplidos los veinte años, el señor Guilhou, patrono mayor, (…), lo eligió co­mo beneficiario de una prebenda para ingresar en la Es­cuela de Capataces de Minas, Hornos y Máquinas, a la que asistió los sábados y domingos de los dos años siguientes, sin abandonar su trabajo, (…). Pronto lo nombraron jefe de uno de los hornos, pero a él no le gustaba mandar, (…)
Regresaba de la fábri­ca al atardecer y siempre pasaba junto a los palacios del patrón y de los ingenieros antes de ir a casa. Allí estaba el poder, me decía el abuelo, y yo sentía la tentación de co­gerlo, de pedirlo o de robarlo, porque sabía que única­mente con el poder podían cambiarse las cosas, (…), y una vez entré en el palacio (…) le dije al señor Hendrik, tengo entendido que quieren buscar nuevos puntos de explotación, y él me dijo que así era y me habló de los nuevos proyectos mineros y entonces le expuse mi plan. A los pocos meses el abuelo dejó los hornos, se subió a un caballo y recorrió los mon­tes y los valles, desde Brañagallones hasta el Cordal de la Mesa, (…). A los siete meses de cabalgar en solitario presentó un informe a los belgas y éstos, después de estudiarlo a fondo, lo llamaron y le dijeron, ahora veremos si tus conclusiones son ciertas, y formaron un equipo (…) y comenzaron los traba­jos de sondeo por el orden de preferencia que había seña­lado el abuelo (…). se decidió la ex­plotación de cuatro pozos de hulla, dos criaderos de mi­neral de hierro, una mina de cobre y otra de cinabrio, quedando otros yacimientos a la espera de resolver las di­ficultades de acceso. Los ingenieros quisieron felicitar al artífice de la nueva expansión de la empresa con todos los honores y para ello lo invitaron a él y a la abuela a una ce­na privada en el palacio. Ella no asistió por más que él se empeñó en que lo hiciera, no verás tú la hora en que yo me siente a la mesa con los importantes, decía la abuela, cada cual en su sitial, tú vete que algo te querrán ofrecer y, ade­más, obra hecha, recompensa espera, y déjame a mí aquí, que me conozco bien y del atrevimiento viene el arrepentimiento. El abuelo la disculpó y cenó con el señor Hen­drik, con su joven esposa, la señora Geertghe, y con el se­ñor Jacob, cuya esposa, la señora Sakia, permanecía en la ciudad de Gante esperando traer al mundo a su primera hija. La cena fue ligera, a base de verduras y trozos de ga­llina con setas, y la recompensa fue anunciada a los pos­tres, consistía en una casa de dos plantas con patio y un huerto, que los ingenieros habían comprado al marqués de Comillas expresamente para regalársela al abuelo, y también en una cantidad de dinero importante y una ofer­ta de empleo permanente cuyo contenido estaban dis­puestos a negociar, y el abuelo dijo, gracias, sólo dijo eso, gracias, son ustedes muy amables, (…)
Guardaba para sí el acoso de una mujer impetuosa quien, a causa de las fiebres amorosas, andaba con la razón atur­dida y las humedades revueltas. Elaborados al detalle los dos primeros proyectos sobre el aprovechamiento de las aguas manantiales y el alumbramiento higiénico de las mismas, el abuelo trabajó en el desarrollo de aquellas otras ideas que se referían explícitamente a la salud. Visi­tó las antiguas cabañas de piedra y las casas de reciente construcción, recorrió las barriadas, entró en viviendas de una sola pieza, desprovistas de suelo y de aberturas, don­de al lado de las ropas colgadas a secar se balanceaban las tiras de carne en salazón y los embutidos, recintos vicia­dos y ennegrecidos por el humo donde al lado de los ca­mastros de hoja de maíz fermentaban el pan y la leche, sin más muebles que una mala mesa, un banco, un caldero y algunos trebejos (instrumentos) de barro, contabilizó las viviendas cons­truidas cerca de las minas y de las fábricas de forma es­pontánea por los propios obreros a base de chatarra, ta­blas, cascotes, estacas, alambres y viejas planchas, y dejó constancia en los detallados informes de su exigüidad y de su insalubridad, y apuntó como causas de infecciones gra­ves que provocaban el aumento de la siniestralidad y de las ausencias al trabajo, la falta de aireación de esas vi­viendas, la cohabitación con animales domésticos, las chi­meneas sin tiros, el amontonamiento de toda la familia en una sola pieza, la humedad, la falta de agua corriente, la constante cercanía de las personas con sus excreciones, y otras muchas situaciones de las que dejó constancia (…). Una vez recopilados los datos, pasó a trabajar en la elaboración de proyectos sobre edificación de viviendas e ingeniería hidráulica.
La mayoría de los mineros y de los operarios de las fá­bricas conservaban aún su doble condición de obreros y campesinos, (…), y a los ingenieros les preocu­paba esta circunstancia por el absentismo que ocasionaba, ausencias estacionales al trabajo con ocasión de siembras y recolecciones, accidentes provocados y enfermedades fingidas que servían de pretexto para, sin perder el em­pleo, dedicarse temporalmente a las labores ganaderas y agrícolas. El trabajo del obrero no ofrecía continuidad y por ello el operario no abandonaba la huerta ni se des­prendía de las vacas o los cerdos porque sabía que sin ellos no comería cuando cerraran el pozo o lo despidieran del taller. Tampoco los nuevos trabajos ofrecían seguridad, y los accidentes eran frecuentes, muchos de ellos mortales, y traían la ruina a las familias, y las enfermedades se mul­tiplicaban, (…) se crea­ron los economatos para procurar una mejor alimentación que acrecentara la salud de los obreros, se levantaron vi­viendas de ladrillo cerca de los centros de trabajo (…)


CAPÍTULO SIETE
(…) El ingeniero belga, Jacob von Balen, falleció en Gante, su ciudad natal, unos días después de que aquí se celebra­ran las elecciones de noviembre. (…). Sakia y todos sus hijos, excepto Elena, decidieron continuar sus vidas en Gante. El ingeniero Hendrik, a ra­íz de la muerte de su hermano, (…) puso a la venta todas las participaciones que la familia poseía en las minas y en las fábricas de hierro y de acero. Un grupo financiero inte­grado por industriales vascos, banqueros de la región, in­genieros franceses y gentes con importantes títulos nobi­liarios, que andaban en el empeño de crear una Sociedad Hullera, Metalúrgica y Ferroviaria, compró a la familia belga todas sus acciones y propiedades, exceptuando la finca del palacio azul,
CAPÍTULO OCHO
(…) al cura Belio se le petrificaron las palabras y los alientos se le escurrieron con la lluvia por el barro y antes de que pudiera entender el destello de lucidez que le sobrevino, se vio arrastrado hacia dentro del templo y el clamor unánime de la venganza le partió el co­razón en dos. Cuando fue atado a la gran cruz de madera descolgada del retablo, ya su memoria había perdido la re­lación de sus pecados y la cuenta de sus méritos, sus ojos se habían quedado sin luz, sus carnes ya estaban inertes para sentir los clavos de aquel martirio y su alma ya salía del cuerpo, volaba consagrada lejos de aquel infierno para no ver cómo se destruía a martillazos el sagrario bañado en oro con racimos de esmeraldas, (…), y cómo se reducían a polvo las imágenes de san Cris­tóbal, de san Roque, de santa Lucía y de la Inmaculada Madre de Dios, (…) para no presenciar las figuras obscenas que algunos im­provisados artistas andaban dejando en las paredes. (…)
CAPÍTULO NUEVE
Serían las tres de la madrugada cuando varios grupos, armados con pistolas, escopetas de caza y cartuchos de di­namita, se dirigieron a la chatarrería de la fábrica. Hacía unos días que habían llegado unos vagones cargados con fusiles desechados, destinados a los talleres de acero para convertirse en chatarra. Un grupo de operarios, de forma clandestina, los había recogido y preparado para su uso. Se distribuyeron las armas, se formaron grupos de diez personas y se repartieron los objetivos de asalto. A las cua­tro de la madrugada ya eran muchos los obreros armados y comenzaron los disparos. (…). En el ayuntamiento se había refugiado un grupo de guar­dias y desde las ventanas disparaban para defenderse del ataque de los obreros, que lanzaban contra el edificio car­tuchos de dinamita, (…), la dinamita estallaba y las calles comenzaban a mancharse de sangre. (…) Vi pasar a un grupo de revolucionarios llevando prisioneros a unos guardias civiles. Uno de los guardias, que llevaba un brazo en cabestrillo y sangraba por la fren­te, lloraba y decía, nosotros estamos de vuestra parte, y lo repetía una y otra vez entre lágrimas, podéis contar con nosotros, estamos de vuestra parte, hasta que uno de los obreros le dijo, eso ya se verá, y le pidió que se callara. El mozo de la ferretería, que recogía las cajas vacías de las ba­las y los cartuchos, me dijo, ese guardia es un cabrón, se llama Pincio, y es famoso por los golpes que da en la cabe­za con el puño cerrado a los detenidos, y le pregunté al mozo, tú con quién estás, y él dijo, yo estoy con los héroes, a mi jefe, el señor Onofre, lo ataron a una silla, ahí está en­cerrado en el sótano cagándose de miedo, que se joda, y a mí me nombraron jilmaestre (gobierna caballos y mulas de transporte) y armero, aquí me ves, ya sa­bes, maestro de la munición, a mí todo lo que sea terminar con los de arriba me va bien. (…). Dos grupos de revolucionarios avanzaban en dirección al edificio consistorial utilizando como escu­dos a varios de los guardias que habían sido detenidos. Así fue como los encerrados capitularon y se entregaron, y los vi salir, unos con los brazos en alto y otros cojeando o arrastrándose a causa de las heridas, y uno de ellos, que te­nía la graduación de sargento, le dijo al revolucionario que lo había sujetado que dentro se habían quedado dos heri­dos graves y tres muertos, y entonces la multitud que ha­bía contemplado primero el ataque y después la rendición, se encaminó gritando hacia el ayuntamiento, y según avan­zaba esa multitud, se iba haciendo más numerosa, y había hombres y mujeres, y también había ancianos y niños, y a mí me parecía que era el pueblo quien entraba alborozado en el consistorio, y era un pueblo ágil y lleno de energía, no era una masa ruda y resignada de enclenques y desal­mados, eran gentes que reían y que lloraban, gentes que engendraban a sus hijos con alegría y enterraban con do­lor a sus muertos, gentes sin privilegios, sin comodidades ni regalías, gentes a quienes aquella revolución que comen­zaba les estaba regalando una esperanza, y aquellos que no podían o no se atrevían a correr aplaudían desde la distan­cia. Un hombre, a quien yo había visto alguna vez visitar a los ingenieros belgas, dijo, cómo es posible que alguien piense que esas hordas incontroladas puedan ser el ci­miento de la civilización, y pronunció aquellas palabras en tono contemplativo, casi diciéndoselas a sí mismo, pero un obrero que estaba cerca las escuchó y le puso el cañón del fusil en la boca y se lo llevó prisionero, iba empuján­dolo y dándole patadas, y le decía, cerdo capitalista, te co­nozco y te vamos a explicar de qué cimientos vas tú a for­mar parte a partir de ahora, te lo vamos a explicar muy bien, para que lo entiendas, fascista de mierda. (…). Ya estaba la multitud dentro del edificio. Por los balcones y las venta­nas volaban los libros y los papeles, porque en ellos esta­ban escritos las tasas y los impuestos, las gabelas que el Es­tado cobraba a la clase trabajadora, y después la multitud se dirigió al juzgado, donde también fueron destruidos los escritos allí encontrados, y sacaron a la calle los archivos del notario y los registros de las propiedades, y el pueblo encendió una hoguera grande en medio de la plaza con to­dos aquellas documentaciones, (…) una mano pesada me su­jetó por el hombro y una voz ruda y decidida me pregun­tó, eres tú el que trabaja en el palacio azul, y volví la cabe­za y vi a un hombre canoso que llevaba un fusil en la mano y una canana cruzándole el pecho cargada de munición y un pañuelo rojo anudado al cuello, y le dije, sí, soy yo, y él volvió a preguntar, cómo te llamas, y le contesté, Nalo, me llamo Nalo, y me ordenó, acompáñame, y fui tras él has­ta la plaza de los abastos, donde había mucha gente reu­nida.
A la plaza llegaban furgonetas con los guardias deteni­dos en los asaltos a los cuarteles, y cada vez que un grupo descendía del vehículo que lo había transportado, la mul­titud aplaudía y gritaba vivas a la revolución del proleta­riado. En las escaleras de la Casa del Pueblo un grupo de revolucionarios discutía acaloradamente sobre las dispo­siciones que sería preciso poner en marcha para que la vi­da ciudadana volviera a la normalidad. Entre ellos estaban Aída y Alipio, quienes al verme llegar vinieron a abrazarme, y mi primo me dijo, Nalo, esto no hay quien lo pare, y Aída me cogió del brazo y me apretó contra ella y no dijo nada, y la vi hermosa con aquella gorra azul y el pañuelo rojo anudado al cuello, y le pregunté, estás bien, y me di­jo, sí, estoy bien porque me siento útil. Me ordenaron que ­fuera en busca del coche de la señora Geertghe para ponerlo al servicio de la revolución, y cuando me disponía a ir hacia el palacio para cumplir aquella orden, una descar­ga procedente del tejado del convento de los frailes barrió la plaza e hirió a varias personas, y entonces los revolucio­narios rodearon el edificio con el propósito de incendiar­lo con botellas de líquido inflamable y también lanzaron algunos cartuchos de dinamita, hasta que los frailes salieron con las manos encima de la cabeza y uno de ellos, que era grande y llevaba la sotana recogida y anudada en la cintura, dijo en voz alta, hijos de Satanás, acabaréis ani­quilados por el poder de Dios, y un obrero apuntó con su fusil y disparó contra el corazón del fraile que cayó al sue­lo, y ese obrero fue reprendido por Alipio y por otros que le quitaron el arma y le dijeron que no volviera nunca más a disparar contra un hombre desarmado fuera cual fuera su condición, y los frailes fueron llevados al sótano de la Casa del Pueblo donde se había improvisado un calabozo para aquellos que opusieran resistencia a la llegada de la revolución, y había frailes heridos que fueron atendidos por un grupo de mujeres que llevaban pañuelos blancos en la cabeza y hacían las funciones de enfermeras.
Eneka (…) estaba lloroso y preocupado por­que conocía la participación de Aida en la revuelta, y me dijo, cuando lleguen van a terminar con todos nosotros, y le pregunté, quiénes tienen que llegar, y él contestó, ellos, los que siempre acaban con cualquier ilusión colectiva, y rompió a llorar, (…)
Le conté a la señora Geertghe lo del automóvil y ella dijo, llévatelo y no te pre­ocupes por nada, (…)
Se había formado un Comité Revolucionario en el que había anarquistas, comunistas y socialistas, y este grupo de personas importantes dictaba normas para controlar el caos producido por las batallas y emitía bandos y comu­nicados que comenzaban diciendo hacemos saber, y en unos explicaban la constitución de un ejército que llama­ban rojo y que defendería con la sangre los intereses de los trabajadores, y con la sonrisa grande (…)acabaremos con todos los hijos de puta, decía alguien que se estrujaba el sitio del corazón, brotaba el amor y goteaba el odio, muerte a los curas y a los burgueses, (…) más vale morir que vivir de ro­dillas, y a un niño le dicen, tú todavía no puedes luchar,vete con Nalo a limpiar la sangre de las aceras, no será san­gre en vano, sobre ella renacerán las flores de unos jar­dines sin dueño, más vale pelear que seguir conformes con esta mierda de vida sin tiempo, y en otros de aquellos bandos que empezaban proclamando hacemos saber, se advertía del peligro que corrían aquellos que practicaran el pillaje, porque ya había quien se estaba aprovechando de la confusión para robar en las tiendas y en las casas de los burgueses, que así llamaban a los ricos en aquellos co­mités de la revolución, y los bandos también ordenaban abrir las puertas de las cárceles antiguas (…) para aplacar el hambre se nombraron comités de abastos que prepararon libretas donde se consignaba el número de los individuos de cada familia y donde se dejaba escrito lo que a cada hogar le correspondía en justo reparto, porque el dinero había perdido su valor, y se crearon depósitos de carbón para el abastecimiento del combustible y se requisaron cuantos víveres había almacenados, y también se crearon comités de alimentación, de limpieza y aseo, de transpor­te, de conducción y reparaciones, y se nombró un depar­tamento de sanidad para atender a los enfermos y a los he­ridos, se organizaron servicios de agua, de luz y de pan, se planificó la conservación de las minas y de los hornos de hierro y de toda la maquinaria, y se reunió a los maestros revolucionarios para que regularan las nuevas enseñanzas. (…) otras músicas más graves y atronadoras llegaron por detrás de las nubes, y alguien gritó, son aviones, (…) y apenas salieron aquellas máquinas de entre las nu­bes, volando bajo, comenzaron a soltar sus bombas, y las primeras cayeron sobre las viviendas de los obreros, y una explotó junto a una panadería donde mujeres y niños aguardaban para recoger la ración de pan, y hubo algunos muertos y varios heridos, y otra de aquellas bombas infernales cayó en el río y destrozó parte del puente viejo, y en la plaza (…) tam­bién dejaron caer los aviones unos proyectiles que hicie­ron un agujero grande y mataron a un hombre que peda­leaba en su bicicleta, y fue tan grande la sacudida que era como si la bomba hubiera caído dentro de nuestros oídos y la cara se nos llenó de salpicaduras de barro (…) y había hombres tumbados en las cu­netas y de todas partes llegaban los llantos y los lamentos, y también había voces desesperadas que pedían venganza, que exigían la muerte inmediata de todos los prisione­ros que estaban en los sótanos de la Casa del Pueblo, y al­gunas viviendas de los obreros se habían incendiado y la gente formó una hilera hasta el río para pasarse los cu­bos llenos de agua, (…) cuando es­te equipo sanitario llegó al parque, donde había caído una de las bombas, encontraron muertos a todos los patos y también hallaron a un hombre sin cabeza, aquel que cui­daba los jardines del ayuntamiento, (…) por allí me dijo Aida que estaba el cuerpo de Silo, enganchado en la cerca del estanque como si alguien lo hubiera puesto a secar sobre los alambres, pero la cabeza no estaba porque la onda expansiva se la había arrancado, y no pudieron pa­rarse a buscarla porque eran muchos los heridos que ne­cesitaban ser atendidos. El ruso y yo nos fuimos con mi primo Alipio hasta las puertas de la Casa del Pueblo para ayudar a los del Comité a contener a una multitud que pretendía entrar en los sótanos para fusilar a los prisione­ros (…)
Elena había conseguido conferenciar a través del cable con su amiga Aurora, quien le había informado del infierno en el que se había convertido la capital, explosiones de dinamita cons­tantes, edificios históricos convertidos en escombros, lu­chas encarnizadas hasta el horror, calles sembradas de cadáveres abandonados, bestias insensibles fusilando a discreción, rostros acongojados por el terror y un permanen­te olor a pólvora y a muerte. (…)
las tropas habían desembarcado en los muelles, que si avanzaban nuevos contingentes por los puertos, que si también llegaban batallones por la carrete­ra de la costa y que si la radio transmitía música y fútbol como en los tiempos de la normalidad. (…)
Seis regimientos, cinco bata­llones, tres de ellos de África, tres banderas del tercio, dos tabores de fuerzas indígenas regulares, cuatro escuadro­nes del aire, baterías de montaña, (…), secciones de ametralladoras, (…), compañías de guardias de asalto procedentes de cinco provincias, además de los cuerpos de guardias civiles y ca­rabineros, todos ellos, en nombre del gobierno nacional, terminaron con el sueño revolucionario que había durado apenas dos semanas. Cerca de un millar y medio de muer­tos contabilizados, la mayoría civiles, casi tres mil heridos y varios desaparecidos conformaron el balance de aque­llos días de lucha desesperada. Ante la presencia arrolla­dora de las fuerzas estatales y la carencia de municiones en los frentes obreros se dio por malogrado el proceso revo­lucionario y los miembros de los comités, con Belarmino Tomás a la cabeza, pactaron la entrega de las armas con un militar de muchas estrellas y de nombre Eduardo López Ochoa a cambio de un compromiso de éste de evitar cual­quier tipo de represión por parte de las tropas. Ocurrió esto el día diecinueve de octubre a las doce de la noche. Después, muchos huyeron en desbandada por los caminos del monte porque no se fiaban de las promesas de Ochoa (…)Hubo quienes que se acercaron a los puertos en busca de barcos que los trans­portaran a otros lugares (…)
Una compa­ñía de la Guardia Civil y otra de Asalto habían tomado el pueblo. Apuntando con sus fusiles y pistolas ametralladoras fueron deteniendo a cuantos venían relacionados en una lista que leía en voz alta el capitán jefe de la columna, (…). Él pregonaba el nombre y los apellidos (…) si el nombrado aparecía, era detenido al instante, y si no lo ha­cía, lo que ocurría con frecuencia porque eran muchos los que habían huido, el capitán declaraba pública orden de búsqueda y captura y amenazaba con la cárcel a cuantos ofrecieran su ayuda al desaparecido.
(…) y luego ordenó al sargento que me detuviera por colaboracionis­mo, y entré en una habitación sin muebles donde estaban los demás, en total éramos unos quince. (…). Fuimos pasando uno a uno al cuarto de los interrogatorios. (…) cuando me tocó el turno, el ruso me di­jo, no dejes que te ocupen la cabeza más que los recuerdos buenos, (…)el sargento de las burbujas de sangre en la cabeza me golpeó con el puño en la cara, y aquel golpe fue como una señal porque todos los guardias, menos el capitán, comenzaron a golpearme, unos con el fusil, otros con el tolete y el sargento con los puños y las rodillas hasta que me tira­ron al suelo, y sentí que la sangre me salía de la nariz y de la boca porque me habían arrancado varios dientes, (…) me ataron las manos a la espalda con una cuerda y a aquella cuerda ata­ron otra que pasaron por una de las vigas del techo, y lue­go tiraron de ella hasta izarme a las alturas, y así quedé, de espaldas al techo y mirando hacia las cabezas de aquellos guardias, (…)unos me daban con la culata en los testículos, otros me golpeaban con las rodillas, y cuando me quejaba y gritaba de dolor me clavaban el cañón del fusil en la boca del es­tómago hasta dejarme sin respiración y después me golpea­ban en la espalda y en los riñones hasta que respiraba de nuevo, y con uno de aquellos golpes perdí el conocimien­to (…) nos metieron unos palos entre los dedos, y con una cuerda retorcían y era tanto el dolor que yo tenía por todo el cuerpo que aquella nueva tortura apenas la sentía. (…). Así nos tuvieron todo aquel día y toda la noche, subiéndonos y ba­jándonos del trimotor, y ni siquiera nos dieron un poco de agua, y ya el suelo de aquel cuarto era un charco de sangre. Al atardecer del segundo día nos trasladaron a otra habi­tación y nos tiraron unas mantas por encima y había un guardia muy joven que lloraba al vernos y como se había compadecido tanto vino a traernos agua cuando sus com­pañeros no estaban. (…) A la noche llegó un médico militar y después de reconocernos le dijo al capitán diminuto que era preciso trasladar a algunos de nosotros de forma urgente a un hospital, y el capitán dijo, como usted ordene mi coronel, y llamó al cabo de guardia para que dispusiera un camión para el traslado, pero cuando el médico desapareció le dijo al cabo, llévatelos de aquí en ese camión y tíralos al río o suéltalos donde te pa­rezca porque ya llevan firmada la defunción. (…)

ACTIVIDADES


1. En el capítulo uno se realiza la presentación de la familia de Nalo: enumera a sus miembros.
2. ¿Cómo se produce la muerte del padre?
3. ¿Cuál es la reacción de su madre?
4. ¿Cómo es la relación entre su madre y su hermana?
5. ¿Cómo es la relación entre Nalo y su hermana?
6. Reacción de Lucía ante la muerte de su marido.
7. ¿En qué época transcurren los hechos?
8. ¿Qué le confiesa su hermana Lucía?
9. Llegada de la República, ¿cómo se representa esta?

10. Explica cómo es la muerte del cura Belio.
11¿Qué hecho histórico se narra en el último capítulo?

GOOGLE MAPS
Crea tu propio mapa y señala en él los lugares presentes en esta obra. Mediante los marcadores de Google maps podrás añadir imágenes y textos relacionados con esas localizaciones. Los siguientes enlaces incluyen tutoriales para facilitarte este trabajo.

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