FULGENCIO ARGÜELLES: Del color de la nada.
Ilustraciones de Eduardo Argüelles. KRK. Oviedo. 1998.“Doña Jovita”
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Recorrió, como cada jueves desde hacía veinticuatro años, el camino que iba desde su casa a la estación del ferro­carril. Aquel paseo semanal se había convertido en el rito que daba sentido a su vida estrecha y suspendida y que la pre­servaba de cualquier otro maleficio que no fuera el de la ilu­sión, si bien ésta, en otro tiempo tenida como esperanza, al cabo de los años no era ya más que un germen de vida expri­mida que a duras penas ahuyentaba la muerte de sus ojos amarillos y hundidos.
Él se había ido con una promesa colgándole de sus ojos insumisos, y antes de partir, entre beso y beso, en aquel uni­verso furtivo y diminuto de la ermita en ruinas, donde com­partían secretos con las ortigas y las babosas, le entregó la chapa con su identificación en la última guerra y su navaja de cachas de nácar. Ella le regaló a él una de las aristas de la lu­na de aquella noche desnuda de los últimos sofocos y una lá­grima grande y un impecable dibujo a carboncillo de aquel lu­gar invisible del amor difícil. Cuando él le dijo, antes de par­tir, que escribiría raudo en cuanto localizara un acomodo favorable para los dos y un medio de vida digno, ella soportó las reprobaciones de todos con una única divisa: el amor no tiene linaje y aguántese quien penas tiene, que tiempo tras tiempo viene; y las dos familias —la de ella: pobre y perpleja, la de él: encastada y amenazante— la culparon de aquel amor que, para todos menos para ella, acabó, por demasiado impo­sible, en soledad, locura e indigencia.
Los años pasaron, la carta de él no llegaba y doña Jovita vio morir uno a uno a quienes la habían rechazado y continuó caminando los jueves de la esperanza hasta la estación y elresto de la semana inútil, como si de un único minuto eterno se tratara, soportando la espera con su silencioso padecimiento. Había asistido a aquella cita siempre puntualmente, incluidos los meses de la revuelta o las épocas de las inunda­ciones, cuando se suspendió el tránsito del ferrocarril. Llega­ba a la estación al amanecer, se sentaba en el banco de ma­dera, bajo el reloj cadáver de números romanos, detenido años atrás en las doce y media, sacaba una manzana o una naranja y la iba pelando despacio con la navaja de nácar, y así esperaba el vagón correo, en el verano con su sombrero de pa­ja, en el invierno con los restos de un paraguas, y siempre vestida de negro, para mostrarle al mundo su luto. El tren apenas se detenía porque casi nunca había viajeros que baja­ran o subieran en aquel pueblo de polvo remoto, donde se resquebrajaban los muros y las hierbas brotaban de los tejados y se palpaba en el aire la memoria de una muchedumbre de muertos. Un factor soltaba la saca sobre el andén a la vez que sonaba el silbato superfluo de don Genaro. Luego llegaba Avelino, el cartero, y cargaba el saco escuálido en el portabultos de la bicicleta para recorrer los apenas cincuenta metros que separaban la estación de la estafeta de correos. Ella iba detrás de la bicicleta, con la cabeza agachada y las manos colgando, como en una procesión de ánimas.

—Hoy tampoco, doña Jovita.
Le decía Avelino al verla entrar, y aquella letanía de los jueves la detenía en el umbral durante un instante en el que su mirada se extraviaba de nuevo, envejecía de golpe toda una semana y renovaba la tristeza contenida por aquella carta que no acababa de llegar.
A veces subía hasta las ruinas de la ermita y se sentaba al borde del vivir y apretaba en una mano la chapa de la últi­ma guerra y en la otra la navaja de nácar y ponía la cabeza entre las manos y así permanecía quieta hasta que la noche la rozaba por encima de los párpados y sentía dificultad para reconocerse.
El cartero Avelino hacía unos meses que había muerto y le había sustituido un joven que no tenía bicicleta sino una moto infernal y que cuando la veía entrar en la estafeta se acercaba hasta ella y le decía alguna frase cariñosa al oído:
—Nada abuela, hoy tampoco tenemos nada...
—Ya nadie se acuerda de escribir...
—Quizá el próximo jueves, que ya estará entrada la pri­mavera...
—El correo es una ciencia imprevisible...
Hacía días que se había inaugurado una nueva depen­dencia para el correo y otras formas de comunicación en los sótanos del edificio municipal.
Aquel día llegó el tren, como cada jueves, voló la saca amarilla sobre el andén y el nuevo cartero la pilló en el aire. Luego, el joven se acercó a doña Jovita y le entregó un sobre arrugado y amarillento que no sacó de la saca recién llegada sino de la cartera de cuero.
—Es para usted, apareció detrás de uno de los estantes durante la mudanza.
Y el cartero habló con aturdimiento y con mucha tristeza.
—La historia a veces es muy cruel y calla durante dema­siado tiempo.
Y doña Jovita tomó la carta entre sus manos en ruinas y la verdad de su vida se le adelantó de pronto como una som­bra y en el corazón sintió un desgarro como el que siente la tierra cuando le arrancan un árbol de cuajo y la tristeza inundó sus ojos y entonces supo que durante aquellos veinticua­tro años no había amado en vano.
Él le explicaba, con una impecable letra inglesa, en qué consistía su trabajo de floristero y cómo había dispuesto un acomodo humilde pero confortable para los dos y le pedía que se reuniera con él lo más pronto posible, que habían pasado ya dos semanas desde la última noche en las ruinas de la er­mita y que no podía soportar un segundo más su ausencia.
Al jueves siguiente, doña Jovita, se quitó el luto y le pi­dió a don Genaro que detuviera el tren. Subió a él y al ano­checer llegó a la dirección que señalaba el remite de aquella carta que había llegado con toda una vida de retraso. Abrió la puerta una joven escuálida de ojos grandes y amotinados. Do­ña Jovita preguntó por él y sintió, al pronunciar su nombre, el cosquilleo en las rodillas y el desorden en la piel que no ha­bía vuelto a sentir desde la última noche con él en el lugar in­visible.
—Era mi padre.
Y aquel pretérito imperfecto se clavó en el corazón de do­ña Jovita como un puñal.
Murió hace cuatro años.
Continuó la muchacha entornando los ojos:
Y mi madre también se fue un año después. Me deja­ron el negocio de la floristería.
Y doña Jovita se desplomó en el umbral sintiendo correr por sus venas el pulso de la calamidad.
Cuando despertó estaba sentada en un sillón de la sala y la joven le daba aire con una revista.
Gracias, hija.
Y la joven preguntó que por qué la llamaba hija y doña Jovita le dijo que porque podía haber sido su hija si no se hu­biera producido un error en el servicio nacional de correos, y vio enmarcado y colgado de la pared el dibujo a carboncillo que ella le había regalado a él cuando partió a buscar un fu­turo para los dos, y sintió la tentación de decirle a aquella jo­ven de ojos tan rebeldes como los de su padre que el dibujo era de ella, que lo había pintado ella con sus propias manos, pero pensó que, a veces, para explicar una simple frase se ne­cesita toda una vida, y la de ella estaba ya demasiado cerca del final.






A Marigel.

Actividades

1. ¿Qué rutina repite todos los jueves doña Jovita? ¿Por qué?
2. ¿Cuánto tiempo lleva esperando?
3. ¿Qué cambia de repente un jueves? ¿Cuál es la reacción de doña Jovita?
4. ¿Encuentra finalmente al amor de su vida? Resume el final.

Prepara una serie de preguntas que te gustaría realizar al autor de estas obras. Las cuestiones pueden referirse a aspectos concretos de sus obras, a sus inicios en la literatura, al proceso de creación literaria,...